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La práctica del arte (casi) perdido

 


Más de una vez he escrito sobre el goce de escribir y no veo la necesidad de volver sobre el mismo tema a estas alturas de la vida, pero he aquí una confesión: también me entrego al placer algo enloquecido que los aficionados experimentan con el aspecto comercial de mi trabajo. Me gusta pasarme de rosca, cruzar distintas especies mediáticas y probar lo más puntero. He intentado escribir novelas visuales (La tormenta del siglo* Rose Red), novelas por entregas (La milla verde)** y novelas por entregas en internet (La planta). No se trata de ganar más dinero, ni siquiera de abrir nuevos mercados, sino de ahondar en el acto, el arte y el oficio de escribir de modos distintos, renovando el proceso y consiguiendo que los productos resultantes, es decir, las historias, sean lo más brillantes posible.

En un principio, en la frase anterior había escrito «consiguiendo (historias) novedosas», pero lo modifiqué en aras de la sinceridad. Es que vamos a ver, señoras y señores, ¿a quién voy a engañar a estas alturas, salvo quizá a mí mismo? Vendí mi primer relato a los veintiún años, en tercero de carrera. Ahora tengo cincuenta y cuatro, y por mi ordenador/procesador de texto orgánico de un kilo, que adorno con mi gorra de los Red Sox, ha pasado pero que mucho texto. Hace mucho que el acto de escribir historias no es nuevo para mí, pero eso no significa que haya perdido su atractivo. Sin embargo, si no encuentro modos de mantenerlo fresco e interesante, no tardará en perderlo. Y no quiero que eso suceda, porque no quiero estafar a las personas que leen mis cosas (o sea usted, querido Lector Constante), ni tampoco quiero estafarme a mí mismo. A fin de cuentas, todos estamos en el mismo barco. Hemos venido a bailar y a pasarlo bien.

En fin, sin perder esto de vista, ahí va otra historia. Mi mujer y yo somos propietarios de dos emisoras de radio, ¿vale? La WZON-AM, una emisora de deportes, y la WKIT-FM, especializada en rock clásico («El rock de Bangor», como la llamamos nosotros). En estos tiempos que corren, la radio es un negocio difícil, sobre todo en un mercado como Bangor, donde hay demasiadas emisoras y demasiados pocos oyentes. Tenemos emisoras de country contemporáneo, de country clásico, canciones de siempre, canciones clásicas de siempre, Rush Limbaugh, Paul Harvey y Casey Kasem. Las emisoras de Steve y Tabby King estuvieron en números rojos durante muchos años, no en una situación totalmente desesperada, pero sí lo bastante desagradable para tocarme las narices. El problema es que me gusta ganar, y si bien ganábamos en la lista de Arbitron (que es a la radio lo que los Nielsen a la tele), a final de año siempre andábamos justos de fondos. Siempre me explicaban que el mercado de Bangor no generaba suficientes ingresos por publicidad, porque el pastel estaba cortado en demasiados trozos.

Y entonces se me ocurrió una idea. Escribiría una radionovela, me dije, como esas que escuchaba con mi abuelo cuando era pequeño (y él empezaba a envejecer) en Durham, Maine. ¡Una radio-novela de Halloween, sí señor! Por supuesto, conocía la famosa (o infame) adaptación que Orson Welles había realizado de La guerra de los mundos para el Teatro Mercury. La perversa y absolutamente genial maquinación de Welles consistió en convertir el clásico de H. G. Wells sobre la invasión extraterrestre en una serie de boletines de noticias y reportajes. Y funcionó. De hecho, funcionó tan bien que hizo cundir el pánico a escala nacional, y Welles (Orson, no H. G.) se vio obligado a disculparse en público la semana siguiente en el Teatro Mercury. Estoy convencido de que lo hizo con una sonrisa en los labios; al menos, sé que yo habría sonreído si se me hubiera ocurrido una mentira tan fuerte y convincente.

Pensé que lo que le había funcionado a Orson Welles también podía funcionarme a mí. En lugar de empezar con música de baile, como la adaptación de Welles, mi historia comenzaría con los alaridos de Ted Nugent en «Cat Scratch Fever». Acto seguido se oiría la voz de una de nuestras personalidades de la WKIT (ya nadie los llama pinchadiscos). «Aquí JJ West, noticias de la WKIT —diría—. Estoy en pleno centro de Bangor, donde unas mil personas se han congregado en Pickering Square para contemplar el aterrizaje de un enorme objeto plateado en forma de platillo... Un momento, a lo mejor si levanto el micro podéis oírlo.»

Y ya está. Podía utilizar las instalaciones de la radio para crear los efectos de sonido, contratar a actores aficionados de la ciudad para representar los distintos papeles, y lo mejor de todo... ¿Saben qué sería lo mejor de todo? Podíamos grabar el resultado y venderlo a emisoras de todo el país. Suponía que los ingresos que generaríamos (y mi contable estaba de acuerdo) serían «ingresos de la emisora», y no «ingresos por redacción de textos de ficción». Era una forma de contrarrestar los escasos ingresos por publicidad, y al final del año, tal vez la emisora lograra salir de los números rojos.

La idea de escribir una novela radiofónica era emocionante, al igual que la perspectiva de convertir mis emisoras en negocios rentables con ayuda de mi talento de escritor. Así pues, ¿qué sucedió? Pues que fui incapaz de hacerlo. Tal como suena. Lo intenté una y otra vez, pero todo lo que escribía acababa sonando a narración. No había dramaturgia, no era la clase de texto que uno puede recrear en su mente (los que tengan edad suficiente para recordar programas radiofónicos como Suspense y Gunsmoke sabrán a qué me refiero), sino más bien parecía un libro en soporte audio. Estoy seguro de que podríamos haber vendido la historia a otras emisoras y ganado algún dinero, pero también estoy convencido de que la obra no habría sido un éxito. Era aburrida, un engaño para el oyente. Era un asco, y no sabía cómo arreglarla. En mi opinión, escribir radionovelas es un arte perdido. Hemos perdido la capacidad de ver con los oídos, una capacidad que antes poseíamos. Recuerdo los días en que oía a algún empleado de la radio golpetear un bloque de madera hueca con los nudillos... y veía con absoluta claridad a Matt Dillon entrando en el bar de Long Branch con sus botas polvorientas. Pero se acabó. Esa clase de imaginación ha pasado a la historia.

Escribir teatro al estilo shakespeariano, es decir, comedias y tragedias que brotan del verso puro, es otro arte perdido. La gente sigue yendo a ver producciones universitarias de Hamlet y El rey Lear, pero no nos engañemos: ¿creen que podrían competir en televisión con The Weakest Link o Supervivientes, aun cuando Brad Pitt hiciera de Hamlet y Jack Nicholson encarnara a Polonio? Y si bien la gente sigue yendo a ver extravagancias isabelinas como El rey Lear o Macbetb, el disfrute de una manifestación artística está a años luz de la capacidad de crear un nuevo ejemplar de dicha manifestación artística. De vez en cuando, alguien intenta montar una obra teatral en verso ya sea en Broadway ya en teatros alternativos, pero todos fracasan.

La poesía, en cambio, no es un arte perdido. De hecho, está mejor que nunca. Por supuesto, siempre acecha el sempiterno grupito de idiotas (como se autodenominaban los redactores de la revista Mad), tipos que confunden el genio con la ampulosidad, pero también hay muchos artistas de indudable talento. Si no me creen, echen un vistazo a las revistas literarias que vende su librero habitual. Por cada seis poemas mediocres que uno lee, hay uno o dos realmente buenos, y eso, se lo aseguro, es una proporción más que aceptable.

El relato breve tampoco es un arte perdido, pero convengo en que está mucho más cerca de la extinción que la poesía. Cuando vendí mi primer relato en el encantadoramente lejano 1968, ya lamentaba la constante degeneración de los mercados. La literatura por entregas había desaparecido, los boletines semanales iban de capa caída, los semanarios tales como The Saturday Evening Post agonizaban. En los años transcurridos desde entonces, he presenciado la merma de los mercados del relato breve. Dios bendiga las pequeñas revistas, donde los escritores jóvenes aún pueden publicar sus narraciones a cambio de unos cuantos ejemplares gratuitos, Dios bendiga a los redactores jefe que aún leen su correspondencia (sobre todo en las postrimerías del pánico del ántrax en 2001), y Dios bendiga a los editores que todavía dan luz verde a alguna que otra antología de relatos originales...

Pero lo cierto es que Dios no tendrá que pasarse el día entero, ni siquiera la hora del café, bendiciendo a esas personas; le bastarán diez o quince minutos para repartir todas las bendiciones. Son muy pocos, y cada año hay uno o dos menos. La revista Story, norte y guía de autores jóvenes (yo incluido, aunque nunca llegué a publicar en ella), ha desaparecido. Amazing Stories también ha pasado a la historia pese a los reiterados esfuerzos por reavivarla. Interesantes revistas de ciencia ficción, como Vertex, también han desaparecido, al igual, por supuesto, que publicaciones de terror como Creepy y Eerie. Todas esas maravillosas revistas se esfumaron hace mucho tiempo. De vez en cuando, alguien intenta reflotar una de ellas; mientras escribo esto, Weird Tales está atravesando ese proceso, pero en su mayoría son intentos vanos. Es como esas obras teatrales en verso, que aparecen y desaparecen en lo que se antoja un santiamén. Lo perdido no puede recuperarse; está perdido para siempre.

A lo largo de los años he seguido escribiendo relatos breves, en parte porque de vez en cuando se me ocurren ideas, ideas comprimidas que piden a gritos tres mil palabras, quizá nueve mil, quince mil a lo sumo, y en parte porque es mi modo de asegurar, al menos a mí mismo, que no me he vendido, piensen lo que piensen los críticos más despiadados. Los relatos son el equivalente de esos objetos únicos que pueden encontrarse en el taller de un artesano, siempre y cuando, claro está, uno tenga paciencia suficiente para esperar mientras se lo acaban en la trastienda.

Pero no existe razón alguna para que los relatos se comercialicen de un modo tan artesanal como el empleado para crearlos, ni tampoco hay ningún motivo para dar por sentado (como parecen haber hecho numerosos títeres de la prensa crítica) que la vía por la que se vende un relato de ficción por fuerza contamina o denigra el producto en sí mismo.

Me refiero a «Montado en la Bala», que sin duda ha constituido la experiencia más extraña de comercialización de mis productos, y que es una historia que ilustra los puntos principales que pretendo resaltar, es decir, que lo perdido no puede recuperarse con facilidad, pero que una perspectiva nueva sobre un aspecto de la literatura, a saber, el comercial, puede llegar a renovarlo todo.

Escribí «Montado en la Bala» después de Mientras escribo, cuando aún convalecía de un accidente que me sumió en un estado casi constante de miseria física. Escribir aliviaba una parte del dolor; era (y sigue siendo) el mejor analgésico de mi limitado arsenal. La historia que quería contar era la sencillez personificada, poco más que el típico cuento de fantasmas que se narra alrededor de la hoguera: el autoestopista al que recogió un muerto.

Mientras urdía la historia en el mundo irreal de mi imaginación, la burbuja de las punto com engordaba en el igualmente irreal mundo del comercio electrónico. Una de sus caras era el llamado libro electrónico, que en palabras de algunos anunciaba el fin de los libros tal como los conocíamos, objetos de cola y encuadernación, páginas que se vuelven a mano (y que a veces, cuando la cola es débil o la encuadernación flaquea, se caen). A principios del año 2000 suscitó vivo interés un ensayo de Arthur C. Clarke que solo se publicó en el ciberespacio. Pero era muy breve, como besar a tu hermana, pensé cuando lo leí. En cambio, mi relato era bastante largo. Susan Moldow, la jefa de redacción de Scribner (como buen amante de Expediente X, la llamo agente Moldow... ahí queda eso), me llamó un día a instancias de Ralph Vicinanza para preguntarme si me gustaría hacer mis pinitos en el mercado electrónico. Le envié «Montado en la Bala», y entre los tres, Susan, Scribner y yo, escribimos un pedacito de historia en el mundo editorial. Varios centenares de miles de personas descargaron el relato, y acabé ganando tanto dinero que me dio hasta vergüenza. Bueno, eso es mentira, porque no me dio vergüenza en absoluto. Incluso los derechos de audio ascendieron a más de cien mil dólares, una cantidad absurdamente astronómica.

¿Creen que me estoy jactando de mi éxito? ¿Que estoy fardando como un capullo? En cierto modo, sí. Pero también pretendo transmitirles que «Montado en la Bala» me volvió completamente loco. Por lo general, cuando estoy en una de esas elegantes salas vip que tienen los aeropuertos, los demás parroquianos hacen caso omiso de mí; están demasiado ocupados hablando por el móvil o cerrando tratos en la barra. Lo cual me parece perfecto. De vez en cuando, uno se me acerca y me pide que le firme un autógrafo para la mujer. La mujer, suelen asegurarme esos tipos de traje caro y maletín en ristre, ha leído todos mis libros, mientras que ellos no han leído ni uno solo, cosa que también quieren dejarme muy claro. Están demasiado atareados. Han leído Los siete hábitos de la gente altamente eficaz, ¿Quién se ha comido mi queso?, The Prayer of Jabez y poco más. Siempre con prisas, a toda máquina, me toca infarto dentro de cuatro años y tengo que asegurarme de que mi plan de pensiones esté bien alimentado cuando llegue el momento.

Después de que «Montado en la Bala» saliera publicado como libro electrónico (portada, logotipo de Scribner y demás detalles incluidos), todo cambió. De repente, la muchedumbre se abalanzaba sobre mí en los aeropuertos, en la estación de tren de Boston, en la calle... Durante un tiempo me encontré rechazando invitaciones para salir nada menos que en tres programas de entrevistas al día (en realidad, esperaba a Jerry Springer, pero no llegó a llamarme). Incluso aparecí en la portada de la revista Time, y The New York Times pontificó con cierta exhaustividad sobre el éxito evidente de «Montado en la Bala» y el fracaso obvio de su cibersucesor, La Planta. ¡Pero si incluso salí en primera plana del The Wall Street Journal! Sin comerlo ni beberlo, me había convertido en un magnate.

¿Y qué era lo que me estaba volviendo loco? ¿Lo que hacía que todo pareciera carecer de sentido? Bueno, pues que a nadie se le daba un ardite el relato en sí. Nadie se interesaba por él, ¿y saben una cosa? Era una historia bastante buena, aunque me esté mal decirlo. Sencilla, pero entretenida y efectiva. Si consiguió que la gente apagara el televisor, por lo que a mí respecta, tanto ella como las demás historias de la colección son un éxito rotundo.

Pero tras la publicación de «Montado en la Bala», lo único que los tipos trajeados querían saber era cómo estaba funcionando, si se vendía bien. ¿Cómo decirles que me importaba una mierda si se vendía bien o no, que lo único que me interesaba era si estaba tocando la fibra sensible del lector? ¿Era un éxito en ese sentido? ¿Un fracaso? ¿Estaba llegando al corazón de la gente? ¿Provocando ese escalofrío que es la raison d'être de todo relato de miedo? Con el tiempo me di cuenta de que estaba presenciando otro ejemplo de degradación creativa, una prueba más de que otra manifestación artística avanzaba hacia lo que sin duda puede desembocar en la extinción. Aparecer en la portada de una importantísima revista por el simple hecho de haber elegido una entrada alternativa al mercado tiene algo de perverso, de decadente. Y aún más perverso es darse cuenta de que quizá todos esos lectores estén más interesados en la novedad del paquete electrónico que en el contenido del paquete en cuestión. ¿Realmente me conviene saber cuántas de las personas que descargaron «Montado en la Bala» llegaron a leer «Montado en la Bala»? Pues no, porque me llevaría una desilusión tremenda.

No sé si la publicación electrónica es el futuro, y a decir verdad, me importa un comino, se lo aseguro. Para mí, elegir ese camino no fue más que otra forma de intentar participar en todos los pasos del proceso literario y llegar a tantos lectores como fuera posible.

Es probable que este libro permanezca un tiempo en las listas de los más vendidos; en este sentido, siempre he tenido mucha suerte. Pero si lo ven allí, quizá se pregunten cuántos otros libros de relatos breves van a parar a las listas de los más vendidos en el transcurso de un año, y durante cuánto tiempo puede esperarse que los editores publiquen el tipo de libro que no interesa demasiado a los lectores. Pero para mí, existen pocos placeres que superen el de sentarme en mi sillón predilecto una noche fría, con una taza de té bien caliente, y oír el aullido del viento mientras leo una buena historia que me puedo pulir de una sola sentada.

Escribir historias no proporciona tanto placer. Solo se me ocurren dos relatos de esta colección, el que da título al libro y «La teoría de L. T. sobre los animales domésticos», que no me costaran un esfuerzo ingente en comparación con el resultado relativamente modesto. Y sin embargo, considero que he logrado conservar la chispa de mi oficio, al menos para mí mismo, sobre todo porque no permito que pase un solo año sin escribir al menos dos relatos breves. No por dinero, ni siquiera por amor, sino más bien por sentido del deber. Porque si uno quiere escribir relatos breves, no puede limitarse a pensar en escribir relatos breves. No es como montar en bicicleta, que nunca se olvida, sino más bien como ir al gimnasio. O perseveras o pierdes la forma física.

Ver todos estos relatos compilados aquí es un inmenso placer para mí, y espero que también lo sea para ustedes. Pueden darme su opinión en www.stephenking.com. y también pueden hacer otra cosa por mí (y por ustedes mismos): si estas historias les gustan, compren otra colección, Sam el gato y otros relatos, de Matthew Klam, por ejemplo, o The Hotel Eden, de Ron Carlson. Ellos son solo dos de los buenos escritores que corren por ahí, y aunque ya estemos oficialmente en el siglo XXI, trabajan a la antigua usanza, palabra a palabra. El formato en que se publican sus obras no cambia eso. Si les importa el tema, apóyenlos, y el mejor apoyo no ha cambiado mucho, se lo aseguro; basta con leer sus relatos.

Me gustaría dar las gracias a unas cuantas personas que han leído los míos. Bill Buford, de The New Yorker; Susan Moldow, de Scribner; Chuck Verrill, que ha publicado tantos libros míos a lo largo de los años; Ralph Vicinanza, Arthur Greene, Gordon van Gelder y Ed Ferman, de The Magazine of Fantasy and Science Fiction; Nye Willden, de Cavalier, y el difunto Robert A. W. Lowndes, que compró mi primer relato breve en 1968. También, por supuesto, a mi esposa, Tabitha, que sigue siendo mi Lectora Constante favorita. Todas estas personas han trabajado y siguen trabajando para evitar que el relato breve se convierta en un arte perdido. Al igual que yo. Y a través de lo que compra (y por tanto decide subvencionar) y lee, también usted persigue el mismo objetivo. Sobre todo usted, Lector Constante. Siempre usted.

 

* Trad. cast., Plaza & Janés, Barcelona, 2000.
** Trad. cast., Plaza & Janés, Barcelona, 2000.

STEPHEN KING
Bangor, Maine
11 de diciembre de 2001


 

 

 

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